¿En qué coincido con Saramago?
Vivimos en una sociedad que parece haber hecho de la violencia un sistema de relaciones. La manifestación de una agresividad que es inherente a la especie que somos, y que hace tiempo pensamos que, con la educación, habíamos controlado, irrumpió brutalmente de las profundidades durante los últimos veinte años en todo el espacio social, estimulada por modalidades de ocio que dieron la espalda al simple hedonismo para transformarse en agentes condicionantes de la propia mentalidad del consumidor: la televisión en primer lugar, donde imitaciones de sangre cada vez más perfectas, saltan a chorro a todas horas del día y de la noche, los videojuegos que son como manuales de instrucciones para alcanzar la perfecta intolerancia y la perfecta crueldad, y por todo esto está ligado, las avalanchas de publicidad de servicios eróticos a las que los periódicos, incluso los más bienpensantes, dan la bienvenida, mientras la páginas serias (¿lo son algunas?) abundan hipócritamente en lecciones de buena conducta a la sociedad.
De poco nos puede servir una democracia política, por más equilibrada que parezca presentarse en sus estructuras internas y en su funcionamiento institucional, si no está construida de raíz por una efectiva y concreta democracia económica y por una no menos concreta y efectiva democracia cultural. Decir esto hoy podría parecer un exhausto lugar común, reminiscencias inquietudes ideológicas del pasado, pero seria cerrar los hojos a la simple verdad histórica no reconocer que esta trinidad democrática –política, económica y cultural- cada una complementaria y potenciadota de las otras, representó, en el tiempo de su esplendor como idea de futuro, una de las más apasionantes banderas cívicas que alguna vez, en la historia reciente, fue capaz de despertar conciencias y movilizar voluntades.
Cómo se explica que haya aflorado tan rápidamente el dinero para rescatar a los bancos y, sin necesidad de calificativos, si ese dinero habría aparecido con la misma rapidez de haberse solicitado para solucionar una emergencia en África, o para combatir el sida… No era necesario esperar mucho para intuir la respuesta. El sistema financiero, sí, podemos salvarlo, no al ser humano, ése que debería ser la prioridad absoluta, sea quien sea, este donde esté.
No consigo ver a los señores cardenales y a los señores obispos, trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret, apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y seguramente lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica que Fellini, genialmente, coloca en “Ocho y medio” para su y nuestro disfrute. Estos señores se suponen investidos por un poder que solo nuestra paciencia ha hecho perdurar.
Nosotros tenemos razón, la razón que asiste a quien propone que se construya un mundo mejor antes de que sea demasiado tarde, pero o no sabemos transmitir a los demás lo que es sustantivo en nuestras ideas o chocamos con un muro de desconfianzas, de prejuicios ideológicos o de clase que, si no logran paralizarnos completamente, acaban, en el peor de los casos, por suscitar en muchos de nosotros dudas, perplejidades, esas sí paralizadoras. Si e mundo alguna vez consigue ser mejor, sólo habrá sido por nosotros. Seamos más conscientes y estemos orgullosos de nuestro papel en la Historia. Hay casos en que la humildad no es buena consejera.
De poco nos puede servir una democracia política, por más equilibrada que parezca presentarse en sus estructuras internas y en su funcionamiento institucional, si no está construida de raíz por una efectiva y concreta democracia económica y por una no menos concreta y efectiva democracia cultural. Decir esto hoy podría parecer un exhausto lugar común, reminiscencias inquietudes ideológicas del pasado, pero seria cerrar los hojos a la simple verdad histórica no reconocer que esta trinidad democrática –política, económica y cultural- cada una complementaria y potenciadota de las otras, representó, en el tiempo de su esplendor como idea de futuro, una de las más apasionantes banderas cívicas que alguna vez, en la historia reciente, fue capaz de despertar conciencias y movilizar voluntades.
Cómo se explica que haya aflorado tan rápidamente el dinero para rescatar a los bancos y, sin necesidad de calificativos, si ese dinero habría aparecido con la misma rapidez de haberse solicitado para solucionar una emergencia en África, o para combatir el sida… No era necesario esperar mucho para intuir la respuesta. El sistema financiero, sí, podemos salvarlo, no al ser humano, ése que debería ser la prioridad absoluta, sea quien sea, este donde esté.
No consigo ver a los señores cardenales y a los señores obispos, trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret, apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y seguramente lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica que Fellini, genialmente, coloca en “Ocho y medio” para su y nuestro disfrute. Estos señores se suponen investidos por un poder que solo nuestra paciencia ha hecho perdurar.
Nosotros tenemos razón, la razón que asiste a quien propone que se construya un mundo mejor antes de que sea demasiado tarde, pero o no sabemos transmitir a los demás lo que es sustantivo en nuestras ideas o chocamos con un muro de desconfianzas, de prejuicios ideológicos o de clase que, si no logran paralizarnos completamente, acaban, en el peor de los casos, por suscitar en muchos de nosotros dudas, perplejidades, esas sí paralizadoras. Si e mundo alguna vez consigue ser mejor, sólo habrá sido por nosotros. Seamos más conscientes y estemos orgullosos de nuestro papel en la Historia. Hay casos en que la humildad no es buena consejera.