Desde el urbanismo voraz a la poesía condenada
Rafael Chirles nos habla de la familia, aunque de manera agria, con su última novela “Crematorio”, la historia de los Bertomeu en un pueblo de la costa valenciana. Se trata de una novela en la que todo ocurre en la conciencia de sus personajes, utilizando a hombres sin principios que se abrazan a la corrupción y al poder económico después de haber tirado por la borda sus sueños de juventud.
La muerte de Matías Bertomeu pone en marcha los mecanismos que componen vidas levantadas sobre oscuros cimientos: la de su hermano Rubén, un arquitecto que en su juventud evocó grandes ideales y hoy es un constructor sin escrúpulos que sostiene su felicidad como justificación de sus acciones; la de Silvia, la hija de Rubén, restauradora de arte y de Juan, su marido, crítico literario, que viven de meterle mano a la discutible genialidad de otros; la de Federico, viejo amigo y escritor alcohólico que vive sus últimos días enfermo de cáncer y con la conciencia embriagada; la de Ramón, el hombre que hace los trabajos sucios del constructor; la de Traian, el mafioso ruso y socio de Rubén; y la de Mónica, la ambiciosa esposa. Todos ellos frente al cuerpo de Matías, a punto para ser metido en el horno, el revolucionario reconvertido en ecologista, que pudo salirse de las normas cuantas veces quiso porque siempre disfrutó de un riñón bien cubierto.
Muchos han sustituido las viejas utopías por la cultura del ladrillo y del pelotazo, pero también muchos defendieron (y defendemos) posiciones más racionales frente al urbanismo voraz. Chirbes nos da una sutil pista: “¿A quién no le gusta el París que nació de la corrupción?”, el de “La jauría” que Zola escribió tras la derrota de La Comuna y que fue la primera novela sobre especulación inmobiliaria.
Hace 150 años, el barón Haussmann destruía las callejuelas de la vieja ciudad de Paris para sustituirlas por enormes bulevares que hicieron visible la ciudad en todas sus partes, en la que no podían ocultarse los revolucionarios. Pero algo más ocurría por entonces en Paris, Charles Baudelaire editaba por primera vez “Las flores del mal”, recogiéndose la totalidad de la poesía en verso del poeta que revolucionó las bases de la poesía francesa moderna. El poeta inicialmente quiso hablar sobre los pecados capitales y fue acusado de ultraje a la moral pública, viéndose obligado a quitar seis poemas, que en ediciones posteriores aparecerían como Poemas Condenados.
Hoy podemos disfrutar de una nueva edición conmemorativa con ilustraciones de Louis Joos que con técnicas como la acuarela, la tinta china o el pastel, y en formato de viñetas, eleva a cotas más altas - si cabe - el poder de los 58 poemas seleccionados. También aquí nos encontramos ante un libro por el que el lector se pasea por los recodos más oscuros e insondables del alma humana.
La muerte de Matías Bertomeu pone en marcha los mecanismos que componen vidas levantadas sobre oscuros cimientos: la de su hermano Rubén, un arquitecto que en su juventud evocó grandes ideales y hoy es un constructor sin escrúpulos que sostiene su felicidad como justificación de sus acciones; la de Silvia, la hija de Rubén, restauradora de arte y de Juan, su marido, crítico literario, que viven de meterle mano a la discutible genialidad de otros; la de Federico, viejo amigo y escritor alcohólico que vive sus últimos días enfermo de cáncer y con la conciencia embriagada; la de Ramón, el hombre que hace los trabajos sucios del constructor; la de Traian, el mafioso ruso y socio de Rubén; y la de Mónica, la ambiciosa esposa. Todos ellos frente al cuerpo de Matías, a punto para ser metido en el horno, el revolucionario reconvertido en ecologista, que pudo salirse de las normas cuantas veces quiso porque siempre disfrutó de un riñón bien cubierto.
Muchos han sustituido las viejas utopías por la cultura del ladrillo y del pelotazo, pero también muchos defendieron (y defendemos) posiciones más racionales frente al urbanismo voraz. Chirbes nos da una sutil pista: “¿A quién no le gusta el París que nació de la corrupción?”, el de “La jauría” que Zola escribió tras la derrota de La Comuna y que fue la primera novela sobre especulación inmobiliaria.
Hace 150 años, el barón Haussmann destruía las callejuelas de la vieja ciudad de Paris para sustituirlas por enormes bulevares que hicieron visible la ciudad en todas sus partes, en la que no podían ocultarse los revolucionarios. Pero algo más ocurría por entonces en Paris, Charles Baudelaire editaba por primera vez “Las flores del mal”, recogiéndose la totalidad de la poesía en verso del poeta que revolucionó las bases de la poesía francesa moderna. El poeta inicialmente quiso hablar sobre los pecados capitales y fue acusado de ultraje a la moral pública, viéndose obligado a quitar seis poemas, que en ediciones posteriores aparecerían como Poemas Condenados.
Hoy podemos disfrutar de una nueva edición conmemorativa con ilustraciones de Louis Joos que con técnicas como la acuarela, la tinta china o el pastel, y en formato de viñetas, eleva a cotas más altas - si cabe - el poder de los 58 poemas seleccionados. También aquí nos encontramos ante un libro por el que el lector se pasea por los recodos más oscuros e insondables del alma humana.