La ciudad de las palabras – Alberto Manguel
- Hacia el final del libro de Erastófenes, el autor rechaza el principio de la división de la raza humana en griegos y bárbaros y censura el consejo que recibió de Alejandro, según el cual debía tratar a todos los griegos como amigos y a todos los bárbaros como enemigos. Es mejor, escribe, emplear como criterios para la división la virtud y la deshonestidad. Muchos griegos son deshonestos y muchos bárbaros disfrutan de una civilización refinada, como ocurre con las gentes de la India, o con los arios, o con los romanos, o con los cartagineses.
- He conocido hombres que invocaban el nombre de Jesucristo en sus diatribas contra la guerra y que ponían rifles (en manos de su policía privada) para que disparasen contra los huelguistas de sus propias fábricas. He conocido hombres incoherentes que se indignaban ante la brutalidad de boxeo y que, al mismo tiempo, colaboraban en la adulteración de alimentos que mataban cada año a más niños que mató Herodes. He hablado en hoteles y clubs, en casas, en vagones de primera clase, y en tumbonas de cubierta de grandes trasatlánticos con magnates de la industria y me han asombrado con lo poco que han viajado por el mundo del intelecto.
- He conocido hombres que invocaban el nombre de Jesucristo en sus diatribas contra la guerra y que ponían rifles (en manos de su policía privada) para que disparasen contra los huelguistas de sus propias fábricas. He conocido hombres incoherentes que se indignaban ante la brutalidad de boxeo y que, al mismo tiempo, colaboraban en la adulteración de alimentos que mataban cada año a más niños que mató Herodes. He hablado en hoteles y clubs, en casas, en vagones de primera clase, y en tumbonas de cubierta de grandes trasatlánticos con magnates de la industria y me han asombrado con lo poco que han viajado por el mundo del intelecto.