Mas que padecer la aparición de la "neolengua", nos amenaza el auge de la "no lengua"

La ingenuidad cultural engendra su "doble" lingüístico. Sucede lo mismo con el avance técnico. En un mundo de Facebook y Twitter (por no hablar de los mensajes SMS) la concisa alusión sustituye a la exposición. Donde parecía que internet era una oportunidad para la comunicación sin límites, el sesgo cada vez más comercial del medio -"soy lo que compro"- trae consigo su empobrecimiento. En la generación de mis hijos, la taquigrafía comunicativa propiciada por su hardware ha comenzado a calar en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes.

Esto debiera preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad también lo hacen las ideas que expresan. Si privilegiamos la expresión personal por encima de la convención formal, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que hemos privatizado otras tantas cosas.

"Cuando yo utilizo una palabra", dijo Humpty Dumpty en tono un tanto desdeñoso, "significa lo que yo elijo que signifique, ni más ni menos". "La cuestión es", dijo Alicia, "si tu pues hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes". Alicia tenía razón, el resultado es la anarquía.

En "La política y la lengua inglesa" Orwell reprendía a sus contemporáneos por utilizar el lenguaje para desconcertar más que para informar. Su crítica estaba dirigida a la mala fe: la gente escribía pobremente porque están intentando decir algo poco claro, cuando no mintiendo deliberadamente. A mi me parece que nuestro problema es diferente. La prosa de muy baja calidad es hoy indicativa de inseguridad intelectual: hablamos y escribimos mal porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos y nos resistimos a afirmarlo de un modo inequívoco.