Confesarse por haber comido
Cualquier manifestación artística, desde la música en sus múltiples facetas hasta las plásticas de todo tipo, incluyendo igualmente el cine, los libros, los deportes y las demás manifestaciones culturales -y claro, el sexo y el erotismo, cuando los consideramos independientemente del acto meramente reproductivo-, todo esto supone la existencia de fuentes de placer complementario que hacen que nuestra vida sea mucho más soportable. La gastronomía cumple así una función social que va ligada a su función cultural, recreativa, quizá tan importante como la literatura o las artes. Su objetivo no es más que proporcionarnos placer, en sentido amplio. Lo cual sólo puede ser bueno a poco que uno tome conciencia de que tarde o temprano la vida tiene que terminarse, mientras eso llega, pasémoslo lo mejor posible... Carpe diem, dirían los latinos.
Ante esta filosofía hedonista de la vida -que algunas escuelas de pensadores griegos defendieron con ardor, especialmente lo epicúreos-, los represores de todo vicio, siempre en alerta a la hora de amargarnos la vida a los demás mortales, han enmarcado a todos los placeres en el marco de lo antinatural. No puede ser bueno gozar de la vida. estamos aquí para sufrir, esto es un valle de lágrimas, recuerden. Y por tanto, tan malo es comer por placer, y no por alimentarnos, como practicar el sexo sin tener como fin inmediato la reproducción. E igualmente condenable es el placer puramente sensual, o sea, el que nos proporcionan los demás sentidos además del gusto, y por tanto el que proporcionan las diversas artes -desde la música y el baile, a la pintura, la escultura y la literatura-, a no ser que se utilicen para representar la grandeza de los poderosos, es decir los dioses, los reyes y emperadores...
Todo placer se ve revestido por una pátina pecaminosa y siempre resulta sospechoso para los represores. Fuera sibaritismos placenteros, viva el sacrificio y la privación. En este valle de lágrimas, nos recuerdan constantemente, hay que mortificarse, y comer por placer -como ocurre con otros placeres- siempre resulta como mínimo sospechoso. O sea que hay que confesarse por haber comido.
Ante esta filosofía hedonista de la vida -que algunas escuelas de pensadores griegos defendieron con ardor, especialmente lo epicúreos-, los represores de todo vicio, siempre en alerta a la hora de amargarnos la vida a los demás mortales, han enmarcado a todos los placeres en el marco de lo antinatural. No puede ser bueno gozar de la vida. estamos aquí para sufrir, esto es un valle de lágrimas, recuerden. Y por tanto, tan malo es comer por placer, y no por alimentarnos, como practicar el sexo sin tener como fin inmediato la reproducción. E igualmente condenable es el placer puramente sensual, o sea, el que nos proporcionan los demás sentidos además del gusto, y por tanto el que proporcionan las diversas artes -desde la música y el baile, a la pintura, la escultura y la literatura-, a no ser que se utilicen para representar la grandeza de los poderosos, es decir los dioses, los reyes y emperadores...
Todo placer se ve revestido por una pátina pecaminosa y siempre resulta sospechoso para los represores. Fuera sibaritismos placenteros, viva el sacrificio y la privación. En este valle de lágrimas, nos recuerdan constantemente, hay que mortificarse, y comer por placer -como ocurre con otros placeres- siempre resulta como mínimo sospechoso. O sea que hay que confesarse por haber comido.