El pobre pajarito
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En noviembre de 2005, unos días antes de la inauguración de las Jornadas de Dominó, un gorrión se coló en el Centro de Exposiciones Friso de Leenwarden, Países Bajos. El malvado gorrión derribó unos cuantos dominós que sumaron más de 23.000 piezas. Por suerte, gracias a las zanjas protectoras de la estructura, unos 4 millones de piezas se salvaron del derribo.
La empresa productora del acontecimiento contrató a una agencia llamada Duke Faunabeheer para capturar al gorrión, pero la agencia no lo consiguió de modo que un empleado disparó al pajarito.
Cuando se supo la noticia, una organización en defensa de los derechos de os animales llamada Dierenbescherming denunció a Faunabehher y a la productora. El fiscal impuso al cazador una multa de 200€ por matar a un ejemplar de una especie protegida.
Las agencias de noticias y los bloggers subieron a la palestra. Un DJ radiofónico llamado Ruud de Wild ofreció una recompensa de 300€ a quien derribara todos los dominós. Finalmente hubo amenazas de muerte contra Faunabeheer, contra la empresa que cubría las noticias de la celebración y contra la productora. El Museo de Historio Natural de Róterdam exhibió el pájaro muerto durante siete meses.
En sitios como Ruanda y Darfur han muerto millones de personas, y uno se pregunta: ¿por qué la gente llega a situaciones extremas para salvar a un individuo (y tal vez a un pájaro), y luego se muestran indiferentes ante genocidios y asesinatos masivos?
Paul Slovic, de la Universidad de Oregón, estudió el fenómeno. SU concusión es que las estadísticas de estas tragedias masivas “no consiguen transmitir el significado real de tales atrocidades”. Las cifras no logran provocar emoción o sentimientos y, por lo tanto, no llegan a provocar acción. Las cantidades enormes pueden abrumar a la gente y, por lo tanto, “yo no puedo hacer nada, es un problema demasiado grande”
