Picamos, ¡y de qué manera!
Si todos los idiotas llevarán gorras blancas, el mundo entero parecería una enorme bandada de ocas. Olvidamos deliberadamente que durante generaciones el valor de nuestros hogares había ido aumentando lenta pero continuamente porque la demanda de viviendas crecía a medida que lo hacía la población. Este aumento responsable lo propiciaron banqueros prudentes que concedieron hipotecas a clientes con solvencia, fuente fiable de ingresos y una entrada, clientes "de primera", que tenían muchas probabilidades de devolver el préstamo. Sin embargo, nuestro banqueros dejaron de lado el sentido común. Cuando se quedaron sin clientes de primera empezaron a captar clientes de segunda: sin un trabajo estable, sin solvencia, que ni siquiera pagaban la entrada. La idea-sí es que había alguna- era que, si los clientes de segunda no pagaban la hipoteca, siempre se podía vender. Pero la pregunta a la que nadie respondió, o mejor dicho, que nadie formuló, fue: ¿Vender a quién?. Puesto que los clientes de primera tenían todos vivienda, como también ahora los de segunda, ¿a quién más sin trabajo, sin ahorros, sin solvencia, se le podía vender? ¿A los sin techo? ¿A los preescolares? ¿A los que aún no han nacido?. Sólo preguntó.
Por desgracia, nuestras arrolladoras vidas con desplazamientos y horas de trabajo cada vez más largos nos dejan poco tiempo para un debate a fondo o incluso para la contemplación. Así que, un buen día,los titulares de treinta segundos de las noticias, nos llevaron a la conclusión de que el valor de nuestras viviendas se estaba duplicando. Éramos inmensamente ricos, al menos en teoría. Teniendo presente el dogma Keynesiano de qué nadie, con dos dedos de frente, "ahorraría" dinero. Picamos, ¡y de qué manera!
Por desgracia, nuestras arrolladoras vidas con desplazamientos y horas de trabajo cada vez más largos nos dejan poco tiempo para un debate a fondo o incluso para la contemplación. Así que, un buen día,los titulares de treinta segundos de las noticias, nos llevaron a la conclusión de que el valor de nuestras viviendas se estaba duplicando. Éramos inmensamente ricos, al menos en teoría. Teniendo presente el dogma Keynesiano de qué nadie, con dos dedos de frente, "ahorraría" dinero. Picamos, ¡y de qué manera!