Todo lo que era sólido
Qué lejos se nos queda el pasado de hace sólo unos años. En algún momento cruzamos sin advertirlo la frontera hacia este tiempo de ahora y cuando nos dimos cuenta y quisimos mirar hacia atrás para comprobar en qué punto había sucedido el tránsito nos pareció asombroso habernos alejado tanto. Era cuando creíamos vivir en un país prospero y en un mundo estable, imaginábamos que el futuro se parecería al presente y las cosas seguirían mejorando de manera gradual, o si acaso prograsarían algo más despacio.
Algunos expertos vaticinaban tarnquilizadoramente una "gradual desaceleración de la economía", un "aterrizaje suave". Poco a poco se iría amortiguando el ritmo de la construcción y dejarían de subir tan rápido los precios de las viviendas. El lenguaje de los economistas, que se ven a sí mismos como científicos, consistía en la reiteración de unas cuantas metáforas simples: la desaceleración de un vehículo que va avanzando a gran velocidad durante mucho tiempo, el aterrizaje confortable de un avión.
Esas eran metáforas respetables. La que había que usar con más cuidado era la metáfora de la burbuja: hablar de la burbuja inmobiliaria era reconocer una fragilidad incompatible con la obligatoria complacencia.
Un economista muy célebre y muy respetado escribió en enero de 2007 que en todo caso la burbuja, si existiera, se pincharía gradualmente. Si hubiéramos prestado algo más de atención a lo que sucedía y a lo que decíamos y lo que escuchábamos, alguien hubiera apuntado que las metáforas pueden requerir la misma precisión que las ecuaciones, y no hay manera de que se pinche gradualmente una burbuja.
Pero necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas y podían ser tocadas y abarcadas sin desaparecer entre las manos, y que pisábamos tierra firme y no una superficie muy delgada de una fina lámina de hielo, que el suelo no iba a desaparecer debajo de nuestros pies.
La corrupción, la incompetencia, la destrucción especulativa de las ciudades y de los paisajes naturales, la multiplicación alucinante de obras públicas sin sentido, el tinglado de todo lo que parecía firme y próspero y ahora se hunde ante nuestros ojos. Para que todo eso fuera posible hizo falta que se juntara la quiebra de la legalidad, la ambición de control político y la codicia, pero tambián la supresión del espíritu crítico inducida por el atontamiento de las complacencias colectivas.
Algunos expertos vaticinaban tarnquilizadoramente una "gradual desaceleración de la economía", un "aterrizaje suave". Poco a poco se iría amortiguando el ritmo de la construcción y dejarían de subir tan rápido los precios de las viviendas. El lenguaje de los economistas, que se ven a sí mismos como científicos, consistía en la reiteración de unas cuantas metáforas simples: la desaceleración de un vehículo que va avanzando a gran velocidad durante mucho tiempo, el aterrizaje confortable de un avión.
Esas eran metáforas respetables. La que había que usar con más cuidado era la metáfora de la burbuja: hablar de la burbuja inmobiliaria era reconocer una fragilidad incompatible con la obligatoria complacencia.
Un economista muy célebre y muy respetado escribió en enero de 2007 que en todo caso la burbuja, si existiera, se pincharía gradualmente. Si hubiéramos prestado algo más de atención a lo que sucedía y a lo que decíamos y lo que escuchábamos, alguien hubiera apuntado que las metáforas pueden requerir la misma precisión que las ecuaciones, y no hay manera de que se pinche gradualmente una burbuja.
Pero necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas y podían ser tocadas y abarcadas sin desaparecer entre las manos, y que pisábamos tierra firme y no una superficie muy delgada de una fina lámina de hielo, que el suelo no iba a desaparecer debajo de nuestros pies.
La corrupción, la incompetencia, la destrucción especulativa de las ciudades y de los paisajes naturales, la multiplicación alucinante de obras públicas sin sentido, el tinglado de todo lo que parecía firme y próspero y ahora se hunde ante nuestros ojos. Para que todo eso fuera posible hizo falta que se juntara la quiebra de la legalidad, la ambición de control político y la codicia, pero tambián la supresión del espíritu crítico inducida por el atontamiento de las complacencias colectivas.