La barbarie no triunfa gracias a los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados

La única manera de predicar la democracia es con el ejemplo. Y con el ejemplo de sus actos y sus palabras lo que han predicado con abrumadora frecuencia en España la mayoría de los dirigentes políticos y de sus propagandistas ha sido lo contrario a la democracia. Han predicado la greña, la violencia verbal, la irresponsabilidad personal, la intransigencia, la palabrería, embustera, la fata de rigor, la indulgencia hacia el robo, el victimismo, el narcisismo, la paletería satisfecha, el odio, la grosería populista, el desprecio a las leyes.

Con frecuencia me ha entristecido, y me he marchado con alivio de mi ciudad de mi país. Ya sé que es un sacrilegio decirlo. He querido estar lejos, poner tierra por medio para escaparme de lo que me agobiaba o lo que me indignaba.

Me ha asustado la degradación de los debates políticos. Me ha heido la aspereza creciente de grades zonas de la vida diaria, causada por la falta de cuidado a lo que por ser de todos no parece que sea de nadie, y por la falta de consideración hacia los otros. Me ha ofendido la proliferación de la basura y la grosería en los canales de televisión privada que al fin y al cabo son concesionarios de un espacio público y deberían tener algún tipo de responsabilidad y autocontrol. Me ha entristecido la aceptación cínica del éxito de los trepadores, los corruptos y los enchufados y la dificultad de muchas personas brillantes y honradas para desarrollar sus capacidades. Me ha llenado de abatimiento que las escuelas públicas se quedaran sin medios mientras las privadas y las religiosas acaparaban las subvenciones: que el hijo de un trabajador o de un inmigrante siga teniendo muchas menos posibilidades de descubrir o alimentar gracias a la educación lo mejor de sí mismo que el hijo de un privilegiado.

Pero cuando la barbarie triunfa no es gracias a los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados. Necesitamos con urgencia comprender lo que esta sucediendo tan velozmente a nuestro alrededor. Llamar al pan pan y al vino vino. Prestar más atención a las personas que actúan que a las que hablan; las que en cada ambito de la vida han sostenido al país y han logrado que siguiera progresando mientras la clase política se entregaba al parasitismo y a la alucinación. Padres y madres que con ternura, constancia y firmeza han enseñado a sus hijos a ser considerados hacia los demás; profesores y maestros que no se han dejado desanimar por la falta de consideración hacia su oficio, y al cumplir con él han mejorado para siempre la vida de sus alumnos; empresarios que con su actividad han creado prosperidad y puestos de trabajo; médicos que pudiendo ganar mucho más en clínicas privadas han preferido permanecer en la sanidad pública; jueces que han tenido el coraje de procesar  a los corruptos y a los terroristas cumpliendo estrictamente con la ley; todos aquellos que han amado lo que hacían y han ejercitado su profesión con sentido del deber y conciencia de que estaban contribuyendo en algo al bienestar común. No hay trabajo real que visto desde cerca no sea admirable.

Lo que tenemos es mucho más singular y mucho más frágil de lo que creíamos. Para preservarlo no nos queda más remedia que extremar la agudeza, la voluntad de trabajo, que ser productivos y sobrios, que abrirnos a la iniciativa y al talento de quienes vengan de fuera, que dotarnos de un sistema educativo que favorezca el despliegue de las mejores capacidades  en el mayor número de personas. No hay sitio ya para la autoindulgencia, la conformidad, el halago. Tampoco para la certeza, para ninguna certeza. Nada es tan sólido que no pueda desvanecerse mañana.

Dice Camus que la tranquilidad de que las tardes perfectas de septiembre seguirán sucediendo cuando nosotros no estemos lo reconcilia a uno con la muerte. Yo querría que mis hijos y las personas que ellos amen no vivan peor de loq ue he vivido yo, no tengan menos oportunidades, no respiren un aire más envenenado, no tengan que trabajar como esclavos ni que competir sin compasión, ni que protegerse detrás de altos muros de cemento, ni que vivir angustiados por miedo a una enfermedad de la que no pueden curarse ni a tratamientos médicos que no pueden pagar. Me gustaría que pudieran moverse sin ser detenidos en las fronteras, que no tengan que jurar lealtad a ningún tirano ni de aclamar en medio de la multitud a ningún demagogo, ni que esconder sus pensamientos, ni que decir lo que no piensan.