Lo fácil que se desbaratan los logros pasados


Yo había dado por hechos ciertos logros de la izquierda, o más bien de la socialdemocracia. Sin embargo, me he dado cuenta con rapidez de lo fácilmente que pueden desbaratarse y menoscabarse los logros pasados. Los grandes éxitos del consenso socialdemócrata de mediados del siglo XX —la escolarización meritocrática, una enseñanza superior gratuita, el transporte público subvencionado, un sistema nacional de salud viable, el apoyo estatal a las artes y muchas más cosas— podían echarse a perder completamente. La lógica del programa de algunos de nuestros gobernantes actuales es, en sus propios términos, impecable: ya no podemos mantener el nivel de gasto social del periodo anterior. 

Mi resistencia a aceptar esta lógica no es una cuestión de intuiciones sobre los altos costes sociales de dicha política; es también el resultado de un nuevo tipo de pensamiento político, que me permite ver que dejarse guiar por esta clase de lógica es probablemente un error.

Yo creo que para convencer a la gente de la necesidad de que el Estado proporcione algo, se necesita una crisis: una crisis provocada por la ausencia de esa provisión. La gente en general nunca asumirá que un servicio del que solo tiene una necesidad ocasional debiera hacerse disponible permanentemente. Solo cuando experimentan la incomodidad de no tenerlo disponible para ellos puede argumentarse a favor de una provisión universal.

En la actualidad las socialdemocracias se encuentran entre las sociedades más ricas del mundo, y ni una sola de ellas ha tomado ni remotamente una dirección que suponga en lo más mínimo una vuelta al autoritarismo al estilo alemán que Hayek consideraba el precio que había que pagar por entregarle la iniciativa al Estado. De modo que lo que sí sabemos es que los dos argumentos que con más fuerza se esgrimen en contra de que un Estado se dedique a construir una buena sociedad —que no funcionará económicamente y que conducirá a una dictadura— son, sencillamente, erróneos.

Para ser justos, admitiré que las sociedades que sí cayeron en el autoritarismo a menudo dependían en gran medida de la iniciativa del Estado. Así que no podemos desechar el argumento de Hayek sin más. Y, en un orden similar, debemos reconocer la realidad de las limitaciones económicas. Las socialdemocracias no pueden seguir arruinándose en aras de una utopía más que cualquier otra forma política. Pero esto no es motivo para rechazarlas. Simplemente confirma que deberían incluirse en cualquier debate racional sobre el futuro de las economías de mercado.



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