¿Futurología bancaria?



Crawley me preguntó lo que hacía y se asombró al oír que no planeaba realizar un viaje allende el océano; al explicarle que no podía hacerlo por andar justo de dinero, se extrañó sobremanera.

—Pero sí puede usted sacar del banco cualquier suma que necesite.

Me explicó que basta con presentarse en un banco, firmar un recibo y la caja le entrega la cantidad deseada. No se trata de ningún préstamo, por cuanto la obtención de esa cantidad no obliga en lo más mínimo desde el punto de vista jurídico. Es claro que la cosa tiene su gancho. La obligación de devolver dicha cantidad asume un aspecto de índole moral. Entonces, pregunté si el banco no corre el riesgo de quebrar a consecuencia de los deudores morosos. El abogado se volvió a sorprender ante mi pregunta.

—Se ha olvidado de que vivimos en la era psiquímica —me aclaró—. Las cartas que se envían al deudor cuando se olvida de pagar, están impregnadas de una substancia volátil que despierta los remordimientos de conciencia, incita al trabajo y, de esta manera, el banco recupera su dinero. Naturalmente, existen individuos llenos de perfidia, que abren las cartas con la nariz tapada, pero ya sabe que siempre, en todas las épocas, existieron los desaprensivos. ¡Qué le vamos a hacer!

Entonces recordé la discusión en la revisión acerca del código penal y pregunté al abogado si el hecho de impregnar las cartas en cuestión con una substancia psiquímica no era un delito según el artículo 139 del código que reza así: (quien influyere psiquímicamente sobre una persona física o jurídica sin su conocimiento y acuerdo, puede ser condenado a una pena de… etc.).

Eso lo movió a reflexionar, y me aclaró el carácter tan sutil de la situación, ya que es legal actuar de esa manera, por cuanto suponiendo que el que reciba la carta no tenga ninguna deuda, tampoco tendrá remordimientos de conciencia y el despertar en él unas ganas de trabajar más intensamente que hasta entonces no deja de ser desde el punto de vista social un hecho muy importante.


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