El amor como autorrevelación



Martin Heidegger, en una carta a su amada, escribía:

Si solamente pudiera decirte cómo soy feliz contigo, acompañándote mientras tu vida y mundo se abren de nuevo. Cuando vi que mi alegría en ti es grande y en crecimiento, eso significó que también tengo fe en todo lo que sea tu historia.

Por suerte, a ti, como antes eras y seguirás siendo ahora, así es como te quiero. Sólo así es el amor fuerte para el futuro y no sólo el placer efímero que se puede encontrar en un momento. Sólo entonces es el potencial del “otro” también movido y consolidado por las crisis y las luchas que siempre se presentaron y se presentarán.

Es difícil expresar lo otro que, junto con el amor a ti, es inseparable de mi pensamiento, aunque sea de modo diferente. Lo llamo el Eros, el mas antiguo de los dioses según dice Parmenides. El aletazo de ese Dios me toca siempre que doy un paso esencial en mi pensamiento y me atrevo a entrar en lo no transitado. Quizá me toca a mi de manera mas fuerte e inquietante que a otros cuando lo presentido largamente ha de ser conducido al circulo de lo decible y, sin embargo, durante mucho tiempo lo dicho tiene que dejarse todavía en la soledad. Corresponder puramente a esto y, no obstante, conservar lo nuestro, seguir el vuelo, pero volver bien, realizar ambas cosas en forma igualmente esencial y adecuada, es aquello en lo que fracaso con excesiva facilidad, y luego, o bien me deslizo hacia la mera sensibilidad, o bien intento forzar lo que no puede forzarse mediante el mero trabajo.

No estoy erigiendo un ideal, aún menos estaría tentado jamás a educarte, condicionarte, o a cualquier cosa que se asemeje a eso.

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