El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin


Desde los tiempos de Beethoven han cambiado muchas cosas: la praxis de la ejecución, el contexto social, los términos de referencia cultural, el paisaje sonoro. El piano que usamos hoy es sólo un pariente lejano del fortepiano que se usaba entonces, diferentes son los lugares, los modos y las motivaciones sociales que condicionan la audición, diferente es el patrimonio auditivo con el que nos acercamos hoy a esa música: en el oído no tenemos sólo a Haydn y Mozart, sino también a Brahms, Mahler, Ravel (y Morricone, Madonna, las sintonías publicitarias, Philip Glass…). En los ojos se tiene el cine, en la mente consignas completamente distintas y en el salón un artilugio que al apretarle un botón escupe música cuantas veces se quiera y con una calidad de sonido que Beethoven, aun queriendo concederle un oído mejor que aquel del que pudiera presumir, no se habría ni imaginado. Así podríamos continuar muchas páginas. Pero en realidad no son éstas las razones que cuentan. Es más, si se insiste demasiado, sólo se corre el riesgo de proporcionar coartadas para diligentes restauraciones filológicas, en las que siglos de Historia tendrían que disolverse al son anémico de un fortepiano o ante la fascinación sonora de lastimeras orquestas tristes como circos.

No existe un original al que permanecer fiel. Es más, se hace justicia a las ambiciones de una obra precisamente al hacerla acontecer, una vez más, como material del presente, no retomándola como vestigio de algún pasado inmóvil. Lo que el melómano medio denomina el verdadero Beethoven no es otra cosa que el último Beethoven producido por las metamorfosis de la interpretación. Cuando Liszt, por primera vez, proponía las Sonatas de Beethoven en público, éstas ya se habían convertido en algo distinto de lo que eran. Desde entonces, viven más allá de sí mismas según un proceso irrefrenable y, hay que convencerse, fascinante. El acto que extravía el original encuentra la esencia más íntima en la obra: su objetiva ambición es no acabar nunca.

La música se reinventa, la música deviene más allá de sí misma, no por magia, sino en su encontronazo fáctico con la realidad de un tiempo que no la ha creado pero que ahora la acoge. Si el intérprete consigue bajar a las regiones más íntimas de la música pero se queda fuera de la geografía cultural de su propio tiempo, es un intérprete incompleto.

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