El paradigma de Ponzi
Charles Ponzi no fue el primero, pero se ha unido al doctor Bowdler y al capitán Boycott entre aquellos cuyos nombres serán por siempre sinónimos de abuso. Y el clásico fraude que lleva su nombre por usar dinero de los nuevos inversionistas para pagarle a los antiguos, creando la ilusión de tener un negocio exitoso, no muestra signos de estar perdiendo su efectividad.
El magnífico libro de Robert Shiller, Exhuberancia irracional, contiene un corto resumen de cómo fabricar un esquema de Ponzi. El primer paso es presentar una oportunidad de ganancias plausible y atractiva pero complicada, una oportunidad que sea difícil de evaluar. Los negocios propuestos por Ponzi estaban relacionados con estampillas para cupones de respuestas de correos internacionales. En un ejemplo más reciente, los estafadores de Albania convencieron a los inversionistas de que tenían un rentable negocio de lavado de dinero.
A partir de ese punto, todo es cuestión de escoger el momento oportuno y de hacer publicidad. Debe atraerse un grupo inicial de inversionistas, lo suficientemente grande como para llamar la atención, pero no demasiado grande: después debe involucrarse un segundo grupo más grande, cuyas inversiones se pueden usar para pagarle al primer grupo, y un tercer grupo aún más grande, y así sucesivamente. Si todo marcha bien, las historias sobre lo mucho que han ganado los primeros inversionistas comenzarán a darse a conocer, atrayendo más y más gente, y el éxito continuado de la empresa silenciará o convencerá a los escépticos.
Las autoridades de regulación, que saben muy bien lo efectivos que son dichos fraudes, hacen lo más que pueden para pararlos antes de que hayan empezado. De forma que usted puede pensar que los esquemas de Ponzi son principalmente una curiosidad histórica. Pero el señor Shiller no está interesado en la historia por sí misma: él usa los esquemas de Ponzi como un modelo para algo mucho más importante.
Imagínense, sólo de manera hipotética, que un nuevo conjunto de tecnologías -tecnologías que son real, verdadera, profundamente fabulosas- acaba de aparecer. Y supongan también que se crean unas cuantas compañías para explotar estas tecnologías, con la creencia honesta -pero muy difícil de evaluar- de que eventualmente podrán tener ganancias inmensas. Por el momento ellas ganan muy poco o nada: incluso si tienen una ganancia contable, tienen que conseguir más dinero para pagar los equipos, las compras y todo lo que se presente.
Aún así, como la evidencia de una verdadera revolución tecnológica se sigue consolidando, los precios de las acciones de estas compañías siguen aumentando, produciendo inmensas ganancias de capital para los primeros inversionistas, lo cual atrae más y más inversionistas, presionando los precios aún más arriba.
Si este proceso perdura lo suficiente -y no hay una razón para que no pueda durar años- las personas que han dudado del negocio comenzarán a parecer tontas, y los osos se irán a hibernar. Todo aquel (bueno, casi todo aquel) que participa en este juego puede ser totalmente sincero: sin embargo, en efecto, se tiene un esquema de Ponzi sin Ponzi, una estafa sin estafador.
