Menos es simplemente menos

Durante muchos años, el enunciado "menos es más" ha sido el lema del diseño minimalista. Asociado inmediatamente a la sombría obre del arquitectos alemán Mies van der Rohe, quien tomó prestada la expresión de un poema de Robert Browing, "menos es más" celebra el valor ético y estético que entraña una economía de medios autoimpuestos. La arquitectura desnuda de Mies, en la que la expresión formal se reducía a una composición sencilla de elementos industriales prefabricadaos, llevaba implícita la idea de que la belleza únicamente puede surgir del rechazo de todo aquello que no sea estrictamente necesario. En años recientes, pero especialmente a partir de la recesión económica de 2008, la actitud "menos es más" ha vuelto a ponerse de moda, defendida, esta vez, por críticos arquitectos y diseñadores con un tono ligeramente moralista.
Si la exuberancia irracional del mercado inmobiliario empujó a la arquitectura de finales de la década de 1990 y principios de la de 2000 hacia la producción de objetos icónicos cada vez más redundantes, esta situación comenzó acá binar con el inicio de la recesión. Quienes previamente habían aclamado (o incluso ejecutado) las acrobacias ejecutadas por la arquitectura en la década anterior, se volcaban de pronto en denunciar el vergonzoso despilfarro de recursos y presupuestos de la arquitectura. Este cambio de sensibilidad ha producido dos tipos de reacciones. Algunos arquitectos han tratado de traducir los valores de la autoridad en términos puramente formales; otros han abogado por infundirles un talento más social, tratando de ir más allá de los límites tradicionales de la arquitectura. Sería justo colocar ambas posiciones en el mismo nivel (pues la segunda puede ser más plausible que la primera), pero lo que sí parecen compartir es la idea de que la crisis actual es una oportunidad para hacer "más con menos". Es por esta razón que "menos es más" ya no es tan sólo un mero principio estético, sino el meollo ideológico de algo más, algo en lo que la economía de medios no es ya una mera estrategia de proyecto, sino un imperativo económico a secas.
En la historia del capitalismo, "menos es más" define las ventajas de reducir los costes de producción. Los capitalistas han intentado siempre obtener más con menos. El capitalismo no es sólo un proceso de acumulación, sino también, y sobre todo, una incesante optimización del proceso productivo orientado a una situación en la que menos inversión de capital significa más acumulación de capital. La innovación tecnológica siempre ha estado impulsada por este imperativo de reducir los costes de producción, la necesidad de trabajadores asalariados. La misma noción de industria se basa en esta idea: ser industrioso significa ser capaz de obtener los mejores resultados con menos medios. Aquí vemos cómo la creatividad en sí se halla en la misma raíz que la noción de industria. La creatividad no sólo depende de que el inversor encuentre modos de escatimar recursos, sino de la capacidad de los trabajadores para adaptarse a situaciones difíciles. Estos dos aspectos de lo industrioso y lo creativo están interrelacionándose: la creatividad de los trabajadores debe de acentuarse por fuerza cuando el capital decide reducir los costes de producción y las condiciones económicas se vuelven inciertas. De hecho, es la creatividad, como facultad más genérica de la vida humana, lo que siempre ha explotado el capital con su principal fuerza de trabajo. Y, en una crisis económica, lo que exigen las medidas de austeridad del capital es que la gente haga más con menos: más trabajo por menos dinero, más creatividad con menos seguridad social. En este contexto, el principio de "menos es más" corte el riesgo de convertirse en una celebración cínica del espíritu de la austeridad y de los cortes presupuestarios de los programas sociales.
Hay algo fundamentalmente esquizofrénico en las formas neoliberales de gobernanza que empareja los cortes en el Estado del bienestar y la protección social con medidas que estimulen el consumo individual. Esta paradoja se hace totalmente visible en el mundo del diseño. Por un lado, se observa el surgimiento del diseño de orientación social, donde la virtud está en hacer "más con menos" y donde la escasez de recursos se celebra con entusiasmo como un detonante de la creatividad, mientras que, por otro lado, el diseño sigue centrándose tercamente en la innovación vacía de valores, en la invención de costoso aparatos inútiles cuya única justificación reside en el pretexto de que esta producción ayuda a sobrevivir a la industria del diseño. Así, los capitalistas nos dicen que la única manera de hacer frente a la recesión es invertir más en posesiones, al tiempo de que se nos priva de la protección social más básica. Frente a este escenario, el ascetismo resulta quizás una postura irónica, ya que no sólo nos ofrece una imagen adecuada a nuestra condición, sino que también nos hace posible redefinir qué es realmente necesario y qué no lo es, fuera del régimen de escasez impuesto por el mercado. El ascetismo significa, pues, la posibilidad de reclamar una buena vida y, con ella, la esperanza de que podamos vivir - y vivir mejor - con menos. Sin embargo, este menos no debería transformarse en una ideología: menos no es más, menos es simplemente menos. Sólo si somos capaces de ir más allá de su aura ideológica, menos puede ser el punto de partida de una forma de vida independiente tanto de las falsas necesidades que impone el mercado como de las políticas de austeridad impuestas por la deuda. Decir que menos es suficiente significa rechazar el chantaje moral de la economía de la deuda que nos amenaza basándose en nuestras expectativas de alcanzar una mayor riqueza. Mientras que la económica sólo puede evaluar la riqueza social en términos de más - es decir, más desarrollo y más crecimiento- decir menos es suficientes un intento de definir una forma de vida que valla más allá tanto de las promesas de crecimiento como de la retórica amenazante de la escasez. Sin embargo, esta forma de vida no debe desarrollarse a través de la perspectiva ilusoria de las visiones utópicas, sino centrándose en nosotros, tratando de redefinir nuestras vidas empezando por las rutinas diarias más básicas.