
¿Cuántos jóvenes graduados universitarios han accedido a puestos de trabajo exigentes en empresas potentes, y se han comprometido solemnemente a trabajar duro para ganar dinero que les permita retirarse y dedicarse a sus intereses reales cuando lleguen a los treinta y cinco años? Pero cuando llegan a esa edad, tienen hipotecas elevadas, hijos que van a la escuela, casa en las urbanizaciones, dos coches como mínimo por familia y la sensación de que la vida no vale la pena vivirla sin vino realmente bueno y unas vacaciones caras en el extranjero. ¿Qué se supone que tienen que hacer, volver a excavar raíces? No, redoblan sus esfuerzos y siguen trabajando como esclavos.
Una de las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empiezan a contar con él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él. Tomemos otro ejemplo familiar de nuestra propia época. A lo largo de las últimas décadas hemos inventado innumerables aparatos que ahorran tiempo y que se supone que hacen la vida más relajada: lavadoras, aspiradores, lavavajillas, teléfonos, teléfonos móviles, ordenadores, correo electrónico. Previamente, escribir una carta, poner la dirección y el sello en un sobre y llevarlo hasta el buzón llevaba mucho tiempo. Para obtener la respuesta se tardaban días o semanas, quizá incluso meses. Hoy en día puedo escribir rápidamente un mensaje de correo electrónico, enviarlo a medio mundo de distancia y (si mi dirección está en línea) recibir una respuesta un minuto después. Me he ahorrado toda esta complicación y tiempo, pero ¿acaso vivo una vida más relajada?
Lamentablemente, no. Antaño, en la época del correo caracol, la gente por lo general solo escribía cartas cuando tenía algo importante que relatar. En lugar de escribir lo primero que se les venía a la cabeza, consideraban detenidamente qué es lo que querían decir y cómo expresarlo en palabras. Luego esperaban recibir una respuesta parecidamente considerada. La mayoría de las personas escribían y recibían no más que unas cuantas cartas al mes, y rara vez se sentían obligadas a contestar de inmediato. En la actualidad recibo cada día decenas de mensajes de correo electrónico, todos de personas que esperan una respuesta célere. Pensábamos que ahorraríamos tiempo; en cambio, aceleramos el tráfago de la vida hasta diez veces su anterior velocidad, haciendo que nuestros días sean más ansiosos y agitados.
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