El trato a los animales. Los toros como ejemplo.
Vaya por delante
Promover una ética del cuidado de lo valioso y del respeto a los derechos de los seres que tienen dignidad es exigencia de una ética del presente y del futuro. Pero sabiendo reconocer la diferencia entre el valor moral de las personas y el de los animales, una diferencia que lleva, no a incurrir en “especismo”, sino a saber establecer prioridades. Cosa que es indispensable en la vida humana, en que se hace necesario inevitablemente tomar decisiones y, por lo tanto, priorizar.
En el momento actual la mitad de la humanidad está por debajo del límite de la pobreza y una quinta parte por debajo del límite de la pobreza extrema; las guerras y conflictos, pero también terremotos y maremotos están destruyendo vidas humanas, obligando a emigrar en condiciones terribles, dañando la salud de forma irreversible. La tragedia de los refugiados políticos y de los inmigrantes pobres saca a la luz la miseria de nuestras convicciones éticas. Erradicar la pobreza extrema y el hambre es, con toda razón, el primero de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, al que siguen la reducción de las desigualdades, la promoción de la educación y la salud.
Es preciso, pues, educar en la actitud de no dañar y de cuidar a los seres que son valiosos, en la medida de lo posible, pero también es necesario educar en el arte de saber priorizar y de percatarse de que lo primero es lo primero.
En cualquier caso, lo más complicado en este debate, como en tantos otros debates éticos, es ser creíble. Los animalistas se harán creíbles si se emplean en la tarea de defender el cuidado de los animales, pero a la vez, y todavía más, si se esfuerzan por lograr que se protejan y promocionen los derechos humanos. Por su parte, quienes no se interesan por los animales, porque aseguran que lo importante son las personas, serán creíbles si realmente se emplean a fondo en que queden protegidos los derechos de todos los seres humanos, y no sólo de palabra.
El trato a los animales. Los toros como ejemplo.
Quizás la respuesta a estas cuestiones haya que buscarla en el sentido común, renunciando a encontrar fundamentaciones absolutas. Teniendo en cuenta que toda vida consciente implica una cuota de dolor y sufrimiento, no parece que exista una obligación moral de evitar que los animales paguen, como nosotros, una parte de este tributo, por ejemplo trabajando en beneficio de sus amos o incluso sirviendo para su alimentación, aun cuando esto incluya cierto sufrimiento. En particular, provocar la muerte de un animal no es un hecho comparable a sacrificar una vida humana. Matando a un animal no se frustra un proyecto vital sino que simplemente se abrevia una rutina. El animal no es un “ser para la muerte”: la muerte no forma parte de su vida, como nos sucede a nosotros, simplemente es el final. Que ese final se adelante en un viviente cuya vida no tiende a una superación ni a culminar proyectos iniciados no implica necesariamente un mal para él e incluso puede evitarle males peores si esa muerte se le provoca de modo que le evite sufrimientos innecesarios. La afirmación de Epicuro de que la muerte no existe ni para los muertos (porque ya lo están) ni para los vivos (porque todavía no ha llegado) resulta válida para los animales, aunque sea engañosa si se la aplica al ser humano, para quien la muerte está presente a lo largo de su vida.
Pero el mismo sentido común que reconoce el papel instrumental de las especies animales y su aprovechamiento para la alimentación y el trabajo humano exige que no se les someta a sufrimientos innecesarios. Disminuir el dolor existente en el mundo o al menos no aumentarlo voluntariamente parece una exigencia implícita en las relaciones morales y no hay por qué excluir de este propósito a los animales que puedan experimentarlo. El discutido tema de las corridas de toros es un buen ejemplo. Algunos animalistas se exceden en sus argumentos: las corridas no son “crímenes” ni “asesinatos” y tampoco el ejemplo más extremo de maltrato animal. Pero convertir en una fiesta la tortura sistemática de un mamífero capaz de sentir dolor físico, miedo y estrés sin otro objetivo que la diversión de quienes la contemplan no parece una actividad consecuente con el modelo de una convivencia deseable entre los seres vivientes que habitan este mundo. Es verdad que el aficionado que asiste a una corrida no lo hace para gozar con el dolor del animal sino que más bien lo pasa por alto. Y también es cierto que el ritual que acompaña a ese dolor y sufrimiento tiene un considerable valor estético, reconocido por muchos artistas, y defendido con sólidas argumentaciones como ésta…
Intentaré aclarar una falacia que sostienen los partidarios de prohibir las corridas: que los taurinos disfrutan con el espectáculo del maltrato de un animal. No soy aficionado a los toros, pero sí a los documentales de la naturaleza. Y uno de los espectáculos más bellos es el de la caza de los grandes felinos, y el más bello de todos, sin duda, es la caza del guepardo. La carrera de este animal es uno de los cuadros más hermosos que nos proporciona la vida salvaje. Pero esa belleza tiene un precio de sangre: hay una gacela que sufre terriblemente, a veces es una cría que es devorada delante de una madre impotente. Ahora bien, nadie disfruta sádicamente con el sufrimiento de la gacela, ni mucho menos con el dolor de la madre, se disfruta del espectáculo de la caza. Del mismo modo, los aficionados a los toros disfrutan de la belleza de los pases, de la destreza del torero, no del sufrimiento del toro, igual que quienes amamos los grandes felinos no disfrutamos con el sufrimiento de sus víctimas.
Como también tuvieron ese valor muchas batallas y catástrofes convertidas en inspiración de obras de arte. Pero de ahí a provocar ese sufrimiento intencionadamente hay una gran distancia, que lleva a cuestionar esa relación entre la estética y la ética acuñada en la frase “nulla aesthetica sine ethica”. Como tampoco es de recibo el argumento de que los toros de lidia viven una vida privilegiada durante los años que preceden a la corrida. No parece que ese privilegio que ellos no han pedido deba pagarse con la tortura final: siguiendo ese razonamiento parecería que infrigir dolor a un viviente que ha gozado en su vida es más tolerable que hacerlo con otro que lo ha pasado peor. Y todo ello sin hablar de crueldades más salvajes y aún menos estéticas, como la lenta tortura del “toro de la Vega” y otras formas de maltrato de animales cuya única “utilidad” consiste en un momento de diversión popular.
Porque pese a que se trate de animales, el trato que les dispensemos tiene consecuencias en la sociedad humana. Desde un punto de vista cultural, esa relación entre la provocación del dolor y la diversión o el goce estético al contemplarlo –o al menos a tolerarlo– tiene unas repercusiones pedagógicas que no se limitan solamente a la infancia. La tortura no ha desaparecido de nuestras sociedades, pero al menos casi nadie se atreve a defenderla –solo el presidente de los Estados Unidos–. Y la razón de su indignidad no radica solamente en la compasión hacia la víctima sino en sus efectos en los victimarios: convertir en una esta la tortura introduce en la vida cultural un modelo poco compatible con las relaciones sociales que se esperan de una sociedad civilizada y convierte en aceptable el disfrute ante el sufrimiento ajeno, aunque se trate del sufrimiento animal. Por supuesto que las corridas de toros y similares no son equiparables a la tortura de seres humanos. Pero la analogía, cuando se trata de animales cercanos a la sensibilidad de nuestra especie, parece suficiente para evitar institucionalizar y fomentar esas supuestas estas. Un problema distinto es el tratamiento jurídico de este tema. Parece claro que deben existir leyes que penalicen el maltrato animal, pero es más complejo el problema de sus límites, tratándose de un tema que depende en gran medida de la sensibilidad del conjunto de la sociedad. Como en tantos problemas, quizás no se pueda equiparar el aspecto moral con su formulación legal. En cualquier caso, este es otro tema.
