Hace ya no sé cuánto tiempo (tal vez en1988), apareció en la portada de varios periódicos una de las fotos más espantosas que he visto. Tanto que la miré muy de prisa y le di la vuelta al diario, y antes de que llegara la noche lo tiré sin haberlo leído; y aun así, con la imprecisión de un solo vistazo, el recuerdo de la confusa imagen perdura, se me representó muchas veces y todavía lo sigue haciendo. No sé si en Belfast, en Derry o en un pueblo, una turba había atacado a un soldado inglés y lo había despellejado, siempre confié en que no vivo, las circunstancias del asunto me las ahorré en lo posible, mucho no quise leer (solamente el pie de foto, supongo), preferí ignorar los detalles. Tengo la vaga idea de que el cadáver del soldado estaba boca abajo y en aspa, como un San Andrés crucificado, lógicamente desnudo o casi y apoyado contra algo, una pared, una pila de neumáticos, quizá unos barriles de cerveza, no lo sé. Pero a su alrededor había gente, no aparecía solo, ya abandonado. Gente de aspecto normal, como se puede encontrar en Madrid o en cualquier otra ciudad europea o en nuestras aldeas, gente que se acercaba a mirarlo y acaso no había intervenido en la atrocidad, o que acaso había tomado parte, la había llevado a cabo y observaba sin pesar su obra —tal vez eso vino después, o no vino nunca—, si acaso con el estupor que sucede a ciertas acciones, una vez terminadas e irreversibles. En todo caso aquella gente miraba, miraba el cuerpo de un color más oscuro del habitual en un hombre blanco —el cuerpo sin piel será rojizo, mejor no pensarlo, la imagen se reproducía en blanco y negro—, más o menos como se contempla el cuadro de un Ecce Homo en un museo, sólo que a Cristo lo dejaron como lo dejaron dos mil años atrás y en una zona remota del globo, y además está siempre ahí, pintado, sin volumen y plano, nunca es real ni reciente como aquel joven soldado.
La mayoría hemos sentido odio concreto o abstracto alguna vez en la vida; lo sentimos pero casi nunca lo vemos, muy de tarde en tarde; y la representación de sus resultados es difícil encajarla, admitirla, aceptarla, se nos hace insoportable, y eso que en Europa estamos acostumbrados por fuerza, la fuerza de demasiados siglos recordados. Algunos militares británicos en el Ulster se comportaban como bestias a veces, pero quién sabía de aquel muchacho, quizá no había hecho nada más que vestir un uniforme detestado, quizá estaba recién llegado. Sea como sea, lo que más impresiona (hablo por mí, desde luego) son las turbas furiosas y desatadas y comprobar de qué son capaces.
Años más tarde vi otra secuencia (se mostró en la televisión parcialmente) que me trajo a la memoria de nuevo aquella foto de Irlanda del Norte, con ser la de mi país menos grave y truculenta: unos abertzales vascos le pateaban la cabeza con ganas a un ertzaina caído en el suelo, ya indefenso, en plena calle y ante impasibles testigos, o que más bien jaleaban la hazaña. Ni siquiera era un policía ‘invasor’, sino uno de allí, local, autonómico, tan vasco como sus agresores. El hombre no murió, por fortuna, pero creo que estuvo hospitalizado largo tiempo y no sé si le quedaron irreparables secuelas. Seguro que jamás olvidará ese día, a diferencia de los ‘patriotas’ ufanos, imitadores de los irlandeses. Algo o alguien los interrumpió; de no haber sido por eso habrían matado al ertzaina sin problemas, a patadas entre varios, con jolgorio.