Las palabras que le bullían en la cabeza


Pasó no menos de una hora diaria completando diecinueve cuadernos de trabajo, según los denominaba él, rellenándolos con diversos ejercicios creados por él mismo con el fin de aguzar el ingenio, ahondar en el detalle y tratar de mejorar: descripciones de objetos físicos, paisajes, cielos matinales, rostros humanos, animales, el efecto de la luz en la nieve, el ruido de la lluvia en el cristal, el olor de un tronco ardiendo, la sensación de caminar entre la niebla o escuchar el viento que sopla entre las ramas de los árboles; monólogos en la voz de otros con objeto de convertirse en esos otros o al menos tratar de entenderlos mejor, pero también desconocidos y gente nada cercana, como J. S. Bach, Franz Kafka, la cajera del supermercado del barrio, el cobrador de los billetes del ferrocarril y el mendigo que le pidió dinero en la estación; imitaciones de escritores admirados, exigentes e inimitables del pasado (cogía un párrafo y redactaba algo basado en su modelo sintáctico, empleando un verbo cuando él utilizaba un verbo, un sustantivo cuando él usaba un sustantivo, un adjetivo siempre que él se servía de alguno… con objeto de marcar el ritmo en su interior, para sentir cómo se hacía la música); una curiosa secuencia de viñetas generada por juegos de palabras, homónimos y cambios de letra entre dos términos: cerveza/cereza, perdido/pedido, alma/lama, litera/literal; así como impetuosos arranques de escritura automática para aclararse las ideas cuando se quedaba atascado.

En general odiaba todo lo que escribía. Solía pensar que era un idiota sin talento y nunca llegaría a nada, pero seguía insistiendo, obligándose a seguir trabajando todos los días a pesar de los decepcionantes resultados, comprendiendo que no habría esperanzas mientras no siguiera en ello, que realizar sus aspiraciones de escritor necesariamente le llevaría años, y cada vez que escribía algo con visos de ser menos malo que la pieza que había compuesto antes, notaba que estaba haciendo progresos, aunque lo siguiente resultara una abominación, porque lo cierto era que no tenía más remedio, estaba destinado a conseguirlo o morir en el empeño, y a pesar de los desvelos y la insatisfacción con los exangües productos que muchas veces le salían, solo con el esfuerzo de hacerlos se sentía más vivo que con cualquier otra cosa que hubiera hecho nunca, y cuando las palabras empezaban a cantarle en los oídos y se sentaba al escritorio y cogía la pluma o llevaba los dedos a las teclas de la máquina, se sentía desnudo, desprotegido y expuesto al gran mundo que se le venía encima, y no había mejor sensación que esa, nada podía equipararse a la impresión de desaparecer de sí mismo y entrar en el palpitante mundo de las palabras que le bullían en la cabeza.

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