Una tarde sonó un estruendo


Una tarde sonó un estruendo. Los vidrios de las ventanas retemblaron. El profesor guardó unos instantes de silencio antes de reanudar las explicaciones. Transcurridos algunos minutos, se oyó un ulular de sirenas a lo lejos. Nadie hizo preguntas, todos sabíamos. No era la primera vez que ocurría tal cosa. Por aquel tiempo yo era alumno en un colegio de mi ciudad natal. Sentado a un pupitre, diariamente me ejercitaba en compañía de otros adolescentes en las letras y los números; me familiarizaba con las leyes generales de la Física, con la historia de las naciones, con la técnica del dibujo. No recibí una educación perfecta, entre otras razones porque seguramente una educación perfecta no existe. Pero me transmitieron valores, me beneficié del fomento de ciertas cualidades, aprendí a trabajar en equipo, a compartir, a convivir, a amar la música y los libros. Podría poner más de una objeción a los métodos didácticos empleados; pero, así y todo, albergo la certeza de que las actividades escolares habían sido previstas y eran llevadas a la práctica con el fin de alcanzar un efecto positivo en la formación del educando. Dicho efecto comportaba el respeto al prójimo, a las criaturas de la naturaleza y a las cosas. Asunto diferente era que cada cual pusiese después por obra en su vida privada las enseñanzas recibidas.

Mi formación educativa, como la de cualquier muchacho vasco de la generación precedente y de las ulteriores a la mía, estuvo directamente afectada por el fenómeno de la violencia política. Las calles del lugar no contribuían al cultivo del sosiego. Actitudes estrictamente negativas, nacidas de lo peor del género humano, imperaban con frecuencia en ellas. Allí estaba la escuela del odio con su pedagogía del crimen y su decorado habitual de pintadas amenazantes, humaredas, cristales rotos… Allí la doctrina que, comprimida en consignas, hace imposible el raciocinio libre al tiempo que promueve las obsesiones furiosas del fanático, particularmente cuando este es joven y su natural credulidad y su limitada experiencia de la vida lo hacen más susceptible de fascinarse, de sentir placer, de aspirar a la aceptación entre los de su especie, con las ceremonias de la destrucción. A edad temprana me acostumbré a las lágrimas de los familiares de los sucesivos asesinados. A edad temprana vi muchedumbres que celebraban en la vía pública, con júbilo triunfal, el infortunio ajeno.

El sostenimiento de la violencia a lo largo de tantos años requiere una leva incesante de activistas. Requiere asimismo una cantidad no menos incesante de víctimas potenciales, denominadas en la jerga del terror, con intención deshumanizadora, objetivos militares. En una sociedad sometida a la acción criminal continua, unos ciudadanos viven más seguros que otros, aunque nunca se sabe. Ahora bien, ninguno de ellos queda exento de adoptar una postura, la que sea, ante aquella dicotomía cruel de víctimas y de agresores, y no por nada, sino porque las personas, además de abrigar convicciones, tienen de suyo una tendencia instintiva a perseverar en la existencia. Es verdad que el ciudadano puede cerrar los ojos a la tragedia; no menos verdad es que puede buscar cobijo en la indiferencia, en el recogimiento, en el exilio, y hasta tratar de ocultar o vencer el miedo aliándose con el agresor. Pero el hecho en sí de la violencia duradera y próxima no para de interpelar a cada uno, incluso con independencia de que luego el ciudadano se muestre resistente a responder a las preguntas concretas que le plantea la realidad. En tal sentido, me echo a temblar cuando pienso qué habría podido ser del muchacho que fui, a qué brutalidades y fechorías pudo ser incitado en nombre de una quimera política, de no haber sido educado en la compasión por el dolor ajeno y en el hábito de la lectura, sin la cual es improbable que un ser humano domine el ejercicio de la reflexión matizada, de la comprensión y tolerancia de las ideas ajenas, y les tome gusto a los bienes culturales de la humanidad.

Comentarios