No juzgar a alguien por los libros que tiene
Los rituales asociados a la lectura pueden ser tan personales y privados como rezar nuestras oraciones. Yo tengo mis propios hábitos, como todo el mundo, aunque he tratado de deshacerme de los más irracionales, de los más irracionales, de los que más tiempo consumen y de los más críticos. Antes, por ejemplo, cada vez que iba a casa de alguien siempre echaba, y seguro que no soy la única, un rápido vistazo a las estanterías, y solía sentir cierta inquietud si en lugar de libros encontraba fotografías de la familia, extravagantes bibelots o figuritas de porcelana.
En cuanto al bibliomaníaco, es evidente que coleccionar libros no tiene nada que, en esencia, sea malo. En lo que a los hábitos respecta, es mejor que fumar, comprar zapatos o consumir metanfetaminas. Supongo que la principal diferencia consiste en que no suele asumirse que alguien que colecciona zapatos sea necesariamente un gran caminante, pero algunos sí que tenemos la concepción equivocada de que poseer gran cantidad de libros equivale a ser un gran lector o tener grandes conocimientos, cuando la realidad, claro está, es que el amor por la presencia física de los libros no constituye en sí mismo ninguna forma de perspicacia cultural, de la misma manera que llevar una bata blanca no proporciona conocimientos de medicina. Sin duda, la mayoría de los coleccionistas de libros adquirieron esta afición a través de un amor precoz por la lectura pero, a medida que pasan los años, a menudo terminan sucumbiendo a su propia obsesión, como les sucede a todos los coleccionistas, y al final lo de menos es si los objetos en cuestión son libros, caganers, elefantes de porcelana o figuritas de Star Trek.
Estoy seguro de que esta observación enojará al bibliomaníaco, que argumentará que los libros no son meros objetos decorativos y de exposición, sino una auténtica biblioteca de trabajo; una defensa que solo funciona para aquellos que no tienen acceso a internet (aunque, como he mencionado, muchos bibliomaníacos son tecnófobos convencidos), puesto que, como todo el mundo sabe, es mucho más rápido y sencillo hacer una consulta en Google que levantarse a buscar un libro en la estantería (como quizá la señorita H. descubriera hace tiempo). Sin embargo, las auténticas bibliotecas de trabajo no son frecuentes y, aunque lucho contra esta tendencia, no puedo evitar desconfiar un poco de los profesionales —abogados, académicos, psiquiatras, consultores— cuyas oficinas están forradas de estanterías con pesadas ediciones de tapa dura encuadernadas en cuero de los clásicos de su campo, cuya mera presencia da a entender que la oficina no sirve únicamente como lugar de reunión con los clientes, sino como espacio donde pueden dedicarse a escribir e investigar alejados del ajetreo del hogar familiar.
De modo que, ya veis, aquí estoy machacando a una persona por no tener libros en las estanterías y menospreciando a otras por tenerlas llenas de ellos. Pero las viejas costumbres tardan en morir, y es casi tan difícil no juzgar a alguien por los libros que tiene (o que le faltan) en las estanterías como no juzgar un libro por la cubierta.

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