Envejecer juntos


Podría reconocer tus manos entre un millón de manos, me sé la forma de tus nudillos, tendones, venas, uñas, líneas adivinatorias. Y tu cuerpo. Las veces en que todavía te desnudas delate de mí, para cambiarte de ropa con prisa o al salir de la ducha, el momento fugaz en que veo tus pechos. La carne menos firme de los brazos, el vientre hinchado, las caderas moldeadas por dos embarazos, las nalgas blanquecinas y tiernas, las varices culebreando por las piernas, los dedos de los pies ya deformados. Cada parte del cuerpo por separado muestra esa huella del tiempo, la manera en que nos vamos gastando. Y me doy cuenta de que así contado, parte a parte, centímetro a centímetro, con quizás demasiada definición y prosa de autopsia, puede darte la impresión de deterioro, de fealdad, de desagrado incluso, pero nada de eso, al contrario: la observación detallada es una muestra de admiración. De belleza. Y el conjunto, cuando abro el campo para verte entera, el conjunto de todos esos fragmentos es la viva imagen de todo lo que he amado durante años.

Registrar todas esas señales de la vida compartida es algo feliz, hermoso, que me conmueve, me enorgullece, incluso me infla el deseo con frecuencia, pero también me entristece por pensar que tu y yo pudiéramos no envejecer juntos. Mientras te miro me doy cuenta de lo que podría ocurrir en algún momento, que yo podría dejar de ser notario de tu obsolescencia. Que podría ocurrir que yo no fuera quien constatase a diario el paso del tiempo, cómo otra década te aligeraría la piel, cómo otra década más te haría gris la melena, y motearía tus manos y descolgaría la carne, cómo la erosión continuaría, todo ese derrumbe magnífico que yo deseo compartir y presenciar y anotar, sorprender la belleza de cada edad, el deseo que se actualiza, lo inesperado de encontrar un cuerpo que envejece, que llegado ese día quiero acariciar, oler, morder. Porque habremos envejecido juntos.

Por eso, cuando nos preguntamos qué nos ha pasado, en qué nos hemos convertido, qué queda de nuestro amor, no debemos intentar convencernos de que no estamos tan mal, y que todo es normal, que no hay de que preocuparse: el desgaste de tantos años, la vida complicada, los niños, los tiempos, la incertidumbre económica, pero seguimos estando juntos, nos seguimos queriendo pero de ora manera, el amor cambia, el deseo cambia, no tiene que ser para peor. Desde hace tiempo que nuestro amor se ha trastocado. Nos necesitamos, sí, pero con esa forma mampostera de necesitar que en ocasiones tiene las personas, una piedra sobre otra, pilares, contrafuertes, una estructura sólida, con un orden. Otras veces ni eso, solo un peluche que apretar por la noche. Nos necesitamos pero tal vez estemos dejando de amarnos, o lo hacemos de una manera demasiado alejada de aquella idea de amor y de cuidarse que los dos hemos compartido y prometido durante años.

Si queremos envejecer juntos, no nos dejemos llevar por este devenir y démosle importancia a la necesidad de recuperar y fomentar tiempos y espacios propios. Unos minutos diarios para hablar de algo más que de la casa, la comida, la compra o el trabajo. Una noche a la semana para nosotros, a solas. Tiempo y espacio donde mantener vivo el amor, el deseo, por encima de rutinas, desencuentros, malentendidos. Y también tiempo y espacio para reparar los destrozos, coser cicatrices, cerrar heridas.

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