La realidad supera a la imaginación
A cada momento suceden cosas terribles en el mundo. A la gente la torturan y la ahorcan en los sótanos de las cárceles de Siria. Los emigrantes centroamericanos son despojados y asesinados por los bandidos que asaltan ese tren terrible que llaman La Bestia. La gente se ahoga en el Mediterráneo queriendo cruzar desde África a las costas del sur de Europa. En las fronteras se levantan muros o altas vallas de alambre espinoso, iluminados de noche por reflectores, equipados con sensores automáticos, patrullados por policías y soldados con perros de presa y armas automáticas. Un muro de cemento puede dividir entre dos mundos un olivar de Palestina. Helicópteros y todoterrenos blindados de la policía dan caza en los desiertos de Texas y de Arizona a los emigrantes que han conseguido atravesar la frontera. A una niña le queman la cara con ácido en Afganistán porque quiere ir a la escuela. Una cuadrilla de cinco borrachos viola a una muchacha en una bárbara fiesta española y se graban con los teléfonos móviles y se alientan los unos a los otros mientras se pasan el turno y luego se ufanan en internet de su hazaña. Otra temible pandilla masculina tortura durante una noche entera a un hipopótamo en un estanque inmundo, en el zoológico de San Salvador, usando hachas y martillos y hasta una sierra. Un cachalote aparece muerto de hambre en una playa como de anuncio de agencia de viajes y tiene treinta kilos de bolsas de plástico en el estómago. En el centro del Pacífico, en la isla de Midway, la más inaccesible del mundo, la más alejada de cualquier tierra firme, los albatros alimentan a sus crías con mecheros de plástico que flotan en el océano y a los que confunden con calamares, que son su sustento habitual. Un demagogo con el pelo teñido de amarillo se presenta a las elecciones en Holanda y despierta el entusiasmo de multitudes de resentidos y de ignorantes. Los demagogos de la política irrumpen y se multiplican en el mundo como una epidemia de payasos terroríficos. Se los identifica por ahora por la desvergüenza ilimitada con la que incitan al odio y por sus pelucones amarillos.
Éste es el tiempo que me ha tocado. Que sea o me sienta un extranjero en él no me concede ninguna inmunidad. Un oficial de inmigración que me encuentre sospechoso puede encerrarme en una celda del aeropuerto. Un iluminado puede hacer estallar un cinturón de explosivos a mi lado mientras me tomo un café en una terraza de Madrid o de París. Mientras Donald Trump estará tramando nuevos expolios del agua de los ríos y de la tierra y el aire en alguna reunión secreta con sus cómplices megamillonarios. Cualquier canalla puede difamarte con una frase de Twitter. Casi todas las cosas que amas están en peligro de desaparición. No tienes ni siquiera la escapatoria de la nostalgia porque sabes que no ha habido antes otro tiempo que fuera mejor. No tienes nostalgia de lo que pasó sino de lo que podía haber pasado; no de lo que fue sino de lo que sin demasiada dificultad podría haber sido. Mientras toda esa gente arrasa el mundo y agiganta su riqueza con la penuria de la inmensa mayoría de los seres humanos tú quieres construir algo, completar algo. No exigirá despilfarro de recursos, ni la explotación de nadie. Lo más probable es que tampoco tenga utilidad alguna. A lo más que puedes aspirar es a hacerle compañía a algún desconocido.

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