No todas las historias ocurren a cualquiera
El tiempo constituye uno de los motivos centrales de “La montaña mágica” de Thomas Mann (premio Premio Nobel de Literatura en 1929), al igual que en la novela de la misma época “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Ambas consideradas obras maestras de la literatura, aunque incomprensiblemente con inferior grado la primera que la segunda.
“Queremos contar la historia de Hans Castorp, no por él (pues el lector ya llegará a conocerle como un joven modesto y simpático), sino por amor a su historia, que nos parece, hasta el más alto grado, digna de ser contada (en este sentido, debemos recordar en torno a Hans Castorp que ésa es su historia, y que no todas las historias ocurren a cualquiera). Se remonta a un tiempo muy lejano; ya está, en cierto modo, completamente cubierta de una preciosa herrumbre y es, pues, necesario contarla bajo la forma de un pasado remotísimo” (Inicio del Prólogo)
Lo que se configura en el escenario del sanatorio para tuberculosos en medio de los Alpes, acaba siendo el mejor caldo de cultivo para la iniciación intelectual y erótica de Hans Castorp, un joven ingenuo en una Europa decadente, y en puertas la gran guerra. Sentados en sus tumbonas, ajenos al transcurrir del tiempo, un puñado de personajes tan dispares como inolvidables, representan la condición humana con todos sus claroscuros: Joachim busca en la muerte el honor que la vida le ha negado; Wehsal, deja discurrir su inconsolable pena de amor; Clavdia Chauchat es objeto de la fascinación y el deseo; y el ex-jesuita Naphta, y el librepensador Settembrini, son como el hilo conductor de gran parte de un coloquio inagotable. Todos ello engloban el gran balance literario sobre la enfermedad, la muerte y el tiempo.
A través de los ojos de su protagonista podemos percibir la subjetiva asimetría del tiempo. Ya desde el momento en que Castorp llega por primera vez al sanatorio, su primo Joachim le advierte de que la percepción del tiempo entre los habitantes de la montaña es considerablemente distinta de la que impera "allá abajo". Aunque los acontecimientos están narrados en el orden cronológico convencional, el ritmo de la narración no es uniforme, sino que va acelerándose a lo largo de los siete años de estancia en el sanatorio. Son continuas en la novela las disquisiciones teóricas sobre la naturaleza del tiempo, tanto en boca del narrador como de los personajes, tratándose la relación entre el "tiempo de la narración" y el "tiempo de lo narrado". Incluso llegándose a preguntar el narrador si es posible "narrar el tiempo como tal".
“Hay autores cuyo nombre va ligado al de una única gran obra, que llegan a identificarse con ella, y cuya esencia llega a expresarse cabalmente en esta, única, obra. Dante con la Divina Comedia. Cervantes con el Don Quijote. Pero hay otros para los que la obra aislada no posee de ningún modo una representatividad perfecta, no pasa de ser el fragmento de un todo mayor, de la obra de sus vidas, e incluso de su vida y su persona. Del mismo modo, también la obra de una vida en cuanto todo posee sus leitmotiv, que sirven al propósito de conferir unidad, de hacer palpable tal unidad y resaltar el todo en la obra aislada. Pero precisamente por este motivo no haremos justicia al fragmento si lo consideramos aisladamente, sin atender a sus vínculos con la obra global y al sistema de relaciones en que se encuentra.” (Introducción a la conferencia dictada por Thomas Mann a los estudiantes de la Universidad de Princeton el 10 de mayo de 1939)
“Queremos contar la historia de Hans Castorp, no por él (pues el lector ya llegará a conocerle como un joven modesto y simpático), sino por amor a su historia, que nos parece, hasta el más alto grado, digna de ser contada (en este sentido, debemos recordar en torno a Hans Castorp que ésa es su historia, y que no todas las historias ocurren a cualquiera). Se remonta a un tiempo muy lejano; ya está, en cierto modo, completamente cubierta de una preciosa herrumbre y es, pues, necesario contarla bajo la forma de un pasado remotísimo” (Inicio del Prólogo)
Lo que se configura en el escenario del sanatorio para tuberculosos en medio de los Alpes, acaba siendo el mejor caldo de cultivo para la iniciación intelectual y erótica de Hans Castorp, un joven ingenuo en una Europa decadente, y en puertas la gran guerra. Sentados en sus tumbonas, ajenos al transcurrir del tiempo, un puñado de personajes tan dispares como inolvidables, representan la condición humana con todos sus claroscuros: Joachim busca en la muerte el honor que la vida le ha negado; Wehsal, deja discurrir su inconsolable pena de amor; Clavdia Chauchat es objeto de la fascinación y el deseo; y el ex-jesuita Naphta, y el librepensador Settembrini, son como el hilo conductor de gran parte de un coloquio inagotable. Todos ello engloban el gran balance literario sobre la enfermedad, la muerte y el tiempo.
A través de los ojos de su protagonista podemos percibir la subjetiva asimetría del tiempo. Ya desde el momento en que Castorp llega por primera vez al sanatorio, su primo Joachim le advierte de que la percepción del tiempo entre los habitantes de la montaña es considerablemente distinta de la que impera "allá abajo". Aunque los acontecimientos están narrados en el orden cronológico convencional, el ritmo de la narración no es uniforme, sino que va acelerándose a lo largo de los siete años de estancia en el sanatorio. Son continuas en la novela las disquisiciones teóricas sobre la naturaleza del tiempo, tanto en boca del narrador como de los personajes, tratándose la relación entre el "tiempo de la narración" y el "tiempo de lo narrado". Incluso llegándose a preguntar el narrador si es posible "narrar el tiempo como tal".
“Hay autores cuyo nombre va ligado al de una única gran obra, que llegan a identificarse con ella, y cuya esencia llega a expresarse cabalmente en esta, única, obra. Dante con la Divina Comedia. Cervantes con el Don Quijote. Pero hay otros para los que la obra aislada no posee de ningún modo una representatividad perfecta, no pasa de ser el fragmento de un todo mayor, de la obra de sus vidas, e incluso de su vida y su persona. Del mismo modo, también la obra de una vida en cuanto todo posee sus leitmotiv, que sirven al propósito de conferir unidad, de hacer palpable tal unidad y resaltar el todo en la obra aislada. Pero precisamente por este motivo no haremos justicia al fragmento si lo consideramos aisladamente, sin atender a sus vínculos con la obra global y al sistema de relaciones en que se encuentra.” (Introducción a la conferencia dictada por Thomas Mann a los estudiantes de la Universidad de Princeton el 10 de mayo de 1939)