Intelectuales y políticos
Es verdad que, en muchos lugares, la política es o se ha vuelto vil. "Lo fue siempre", dicen los más pesimistas y los cínicos. No, no es cierto que lo fuera siempre ni que lo sea ahora en todas partes y de la misma manera. En muchos países y en muchas épocas, la actividad cívica alcanzó un prestigio merecido porque atraía a gente valiosa y porque sus aspectos negativos no parecían prevalecer en ella sobre el idealismo, honradez y responsabilidad de la mayoría de la clase política. En nuestra época, aquellos aspectos negativos de la vida política han sido magnificados a menudo de una manera exagerada e irresponsable por un periodismo amarillo con el resultado de que la opinión pública ha llegado al convencimiento de que la política es un quehacer de personas amorales, ineficientes y propensas a la corrupción.
Sin embargo, Muchos echamos de menos a algunos políticos de nuestra pasado más próximo, aquellas personas preparadas moral e intelectualmente para realizar la labor política que se precisaba en cada momento. Sí es cierto que se percibe un deterioro del nivel intelectual de nuestros gobernantes. En nuestros días el intelectual se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan. Es verdad que algunos todavía firman manifiestos, envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de ello tiene repercusión seria en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre los cuales los intelectuales brillan por su ausencia. Conscientes de la desairada situación a la que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría han optado por la discreción o la abstención en el debate público.
Sin embargo, Muchos echamos de menos a algunos políticos de nuestra pasado más próximo, aquellas personas preparadas moral e intelectualmente para realizar la labor política que se precisaba en cada momento. Sí es cierto que se percibe un deterioro del nivel intelectual de nuestros gobernantes. En nuestros días el intelectual se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan. Es verdad que algunos todavía firman manifiestos, envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de ello tiene repercusión seria en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre los cuales los intelectuales brillan por su ausencia. Conscientes de la desairada situación a la que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría han optado por la discreción o la abstención en el debate público.