Inteligencia artificial
Lo que la historia de las tecnologías intelectuales nos demuestra es que la introducción de los ordenadores en algunas actividades humanas complejas puede constituir un compromiso irreversible. Nuestra vida intelectual y social, al igual que nuestra rutinas industriales, puede acabar reflejando la forma en que el ordenador les impone.
Lo que nos hace más humanos es lo que menos tenemos de computable: las conexiones entre nuestra mente y nuestro cuerpo, las experiencias que conforman nuestra memoria y nuestra pensamiento, nuestra capacidad para las emociones y la empatía. El gran riesgo al que nos enfrentarnos al implicarnos intimamente con nuestros ordenadores - al pasar por cada vez más experiencias vitales a través de los incorpóreos símbolos que parpadean vacilantes en nuestra pantalla - es el de empezar a perder nuestra humanidad, al sacrificar las cualidades que nos separan de las máquinas. La única manera de evitar ese destino es tener la conciencia y la valentía de negarse a delegar en los ordenadores las más humanas de nuestra actividades, en particular aquellas que requieran sabiduría.
La escena final de "2001" me ha obsesionado desde que vi por primera vez la película en los años setenta. Lo que la hace tan conmovedora, y tan rara, es la respuesta emocional del ordenador a la desconexión de su mente: su desesperación mientras un circuito tras otro, se va extinguiendo; su súplica infantil al astronauta - "Puedo sentirlo, tengo miedo"-; y su reversión final a lo que no puede ser sino un estado de inocencia. Esta efusión de sentimientos de HAL contrasta con la impavidez que caracteriza als figuras humanas de la película, que cumplen su misión con eficacia casi robótica. Sus pensamientos y acciones delatan la obediencia a un guión como siguiendo los pasos de un algoritmo prefijado.
En el mundo de "2001" la gente ha llegado a ser tan maquinal que el personaje más humano resulta ser una máquina. Tal es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: al confiar en los ordenadores para intermediar en nuestra comprensión del mundo, nuestra propia inteligencia se aplana y se convierte en inteligencia artificial.
Lo que nos hace más humanos es lo que menos tenemos de computable: las conexiones entre nuestra mente y nuestro cuerpo, las experiencias que conforman nuestra memoria y nuestra pensamiento, nuestra capacidad para las emociones y la empatía. El gran riesgo al que nos enfrentarnos al implicarnos intimamente con nuestros ordenadores - al pasar por cada vez más experiencias vitales a través de los incorpóreos símbolos que parpadean vacilantes en nuestra pantalla - es el de empezar a perder nuestra humanidad, al sacrificar las cualidades que nos separan de las máquinas. La única manera de evitar ese destino es tener la conciencia y la valentía de negarse a delegar en los ordenadores las más humanas de nuestra actividades, en particular aquellas que requieran sabiduría.
La escena final de "2001" me ha obsesionado desde que vi por primera vez la película en los años setenta. Lo que la hace tan conmovedora, y tan rara, es la respuesta emocional del ordenador a la desconexión de su mente: su desesperación mientras un circuito tras otro, se va extinguiendo; su súplica infantil al astronauta - "Puedo sentirlo, tengo miedo"-; y su reversión final a lo que no puede ser sino un estado de inocencia. Esta efusión de sentimientos de HAL contrasta con la impavidez que caracteriza als figuras humanas de la película, que cumplen su misión con eficacia casi robótica. Sus pensamientos y acciones delatan la obediencia a un guión como siguiendo los pasos de un algoritmo prefijado.
En el mundo de "2001" la gente ha llegado a ser tan maquinal que el personaje más humano resulta ser una máquina. Tal es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: al confiar en los ordenadores para intermediar en nuestra comprensión del mundo, nuestra propia inteligencia se aplana y se convierte en inteligencia artificial.
