La hermana mayor
Cuando somos jóvenes, los que están por encima de treinta nos parecen maduros, y los que han superado los cincuenta, ancianos. Y el tiempo, conforme avanza, confirma que no andábamos tan equivocados. Esas pequeñas diferencias de edad, tan cruciales y enormes cuando somos jóvenes, se erosionan. Acabamos perteneciendo a la misma categoría, la de los no jóvenes. A mi nunca me ha importado mucho.
Pero hay excepciones a la regla. Para algunas personas, las diferencias de tiempo establecidas en la juventud nunca desaparecen realmente: el mayor sigue siendo mayor, incluso cuando los dos peinan canas. Un lapso de, pongamos, cinco meses significa para algunos que uno siempre se empecinará en considerarse más juicioso y más informado que el otro, por muchas pruebas que haya de lo contrario. Debido a que es absolutamente obvio para cualquier observador objetivó que la balanza se ha inclinado hacia la persona marginalmente más joven, la otra mantiene la presunción de superioridad con tanto mayor rigor. Tanto más neuróticamente.
Pero hay excepciones a la regla. Para algunas personas, las diferencias de tiempo establecidas en la juventud nunca desaparecen realmente: el mayor sigue siendo mayor, incluso cuando los dos peinan canas. Un lapso de, pongamos, cinco meses significa para algunos que uno siempre se empecinará en considerarse más juicioso y más informado que el otro, por muchas pruebas que haya de lo contrario. Debido a que es absolutamente obvio para cualquier observador objetivó que la balanza se ha inclinado hacia la persona marginalmente más joven, la otra mantiene la presunción de superioridad con tanto mayor rigor. Tanto más neuróticamente.