La vieja piedra Rosetta
Hace algún tiempo estuve en el British Museum y vi por primer vez el original de la piedra Rosetta, la que permitió a Champollion descifrar los jeroglíficos egipcios. Cuando uno mira esa gran piedra, con la escritura cuidadosamente labrada en tres tipos de escrituras y en tres lenguas (jeroglíficos según el antiguó uso egipcio, lengua demótica y griego clásico), se da cuenta de que esas palabras no se escribieron de corrido, como se escribe un tuit. Uno no va escribiendo sin cuidado las palabras que se cincelan en piedra. Los antiguos decían: "Verba volante, scripta manent"; el habla vuela, lo escrito permanece. Se labra un escrito en piedra, cuatro siglos antes de Cristo, para que hoy pueda leerse todavía en el pabellón principal del Museo Británico. Pero ya no es así, cada vez es menos así, cada vez es más "scripta volant", lo escrito vuela.
Lo que hoy vemos en Internet es mucho más que un libro electrónico; ya no se trata de una copia del habla, de las palabras de aire traducidas a palabras escritas; lo que este nuevo objeto contiene no es la transcripción escrita del habla, sino -digámoslo así- la transcripción digital del mundo. No sólo los textos y las voces sino también las imágenes, los movimientos, las compras, la música, los gestos, los rostros, los viajes, los sitios, la geografía, los países,, este instante sin importancia, los ruidos, las ciudades,los desiertos,las plantas, los pájaros, los ríos. El teléfono que llevo en mi bolsillo como un pequeño bastón de mi memoria, como una muleta de mis pensamientos, como un altavoz de mi voz que llega a cualquier lugar, es capaz de dejar una huella perfecta de mis movimientos según las señales que manda el GPS. Puede grabar lo que diga o lo que vea, filmar vuestro rostro en este momento. Lo que compre, lo que desee, lo que sueñe, el pálpito rítmico de mi corazón, los altibajos de mi glicerina, mi tensión arterial.
Creo que el más pasmoso prodigio contemporáneo, Internet, es tan inmenso que no siquiera somos capaces de comprenderlo. Unas máquinas interconectadas están produciendo algo que ni siquiera sabemos todavía cómo llamar, pero es algo que, creo, se parece a una especie de nuevo pensamiento no previsto, una realidad emergente; algo que surge no de los individuos, sino de la suma de todos los textos, todos los números, todos los códigos matemáticos, biológicos y lingüísticos, de todas las idas, los conocimientos, las imágenes, los sonidos producidos por la cultura. Nuestro cerebro está ahora conectado a una especie de meta cerebro mundial, a un libro gigantesco.
Dicho esto, tengo la impresión que el libro electrónico está en pañales todavía. En realidad, tal y como lo conocemos, no me parece un invento tan importante ni tan novedoso; es tan sólo un simulacro digital del mundo antiguo, el de los viejos libros, con algunas ventajas de espacio, portabilidad, inmediatez, economía y rapidez. Pero también con sus desventajas, porque en todo cambio se pierde y se gana, su manipulación, su delicadeza, la falta de la sensación de tacto y olor, la pérdida de los derechos de autor.
Se han manifestado opiniones opuestas frente al libro y la escritura digital; es algo que ocurre en todos lados porque siempre los intelectuales se dividen en dos bandos: los clásicos y los modernos, los apocalípticos y los integrados. Yo tiendo a estar de corazón con los nostálgicos y de razón con los vanguardistas, pero esencialmente pienso que ése no es el tema ya que la verdadera revolución no es el libro digital actual.
En realidad, el cambio que se vislumbra es más serio. Ya no seremos lectores, sino navegantes/habitantes de la realidad virtual, ese simulacro fascinante del mundo. El Kindle y los demás lectores electrónicos son a los dispositivos del futuro lo que fue el gramófono a la reproducción de música. Estamos ante máquinas sin duda sofisticadas, pero aún rudimentarias. En las tabletas conectadas a la red empezamos a probar lo que será el futuro del libro, que en realidad ya no será un libro, y al mundo de la escritura, que en realidad ya no será sólo escritura sino algo más abarcador. Creo que eso que se aproxima, eso que olemos e intuimos ya no es un libro. El libro recoge ideas y palabras, el nuevo objeto aspira a contenerlo todo: sonido, imagen, situación composición química, historia. Eso que viene no tiene nada que ver con la experiencia de gran concentración del lector o escritor tradicional de libros, que cuidaba cada una de sus palabras como sí fuera a escribir sobre la piedra.
El viejo libro permitía una cosa más, había un criterio para escoger quien puede publicar y quien no. En el mundo Internet no es posible, lo cual es al mismo tiempo maravilloso y horrible. Lo que sucede hoy con las redes sociales, los blogs y mini blogs o la autoedición se parece mucho a los embotellamientos de las grandes ciudades; así como casi todos pueden tener automóvil y lo sacan a la calle, ahora todo el mundo escribe y se publica, nadie te lo puede impedir. La escritura se convierte en una perpetua narrativa de la propia vida: ¿no es más interesante escribir y leer sobre mí que sobré todo lo demás? Vivimos una explosión egocéntrica del yo que habla; la escritura se ha vuelto narcisista, ombliguista. Así cómo en el habla todo el mundo es yo, todos somos tocayos del yo, así mismo en la escritura hemos dado un salto: todo el mundo escribe y publica. Descuidadamente, claro, no como quien alba en piedra, sino como quien habla en el bar.
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