Las virtudes del mercado cuando se aprenden demasiado tarde

Se supone que la gran virtud del mercado es su eficiencia. Pero, evidentemente, el mercado no es eficiente. La ley más elemental de la teoría económica es que la demanda iguale a la oferta. Pero tenemos un mundo en el que existen gigantescas necesidades no satisfechas (inversiones para sacar a los pobres de la miseria, para promover el desarrollo en los países menos desarrollados de África, o para adaptar la economía global para afrontar los desafíos del calentamiento global). Al mismo tiempo tenemos ingentes cantidades de recursos infrautilizados (trabajadores y maquinaria parada que no están produciendo todo su potencial).
Si por lo menos los mercados hubieran cumplido de verdad las promesas de mejorar el nivel de vida de la mayoría de los ciudadanos, todos los pecados de las grandes corporaciones, las aparentes injusticias sociales, las injurias a nuestro medio ambiente, la explotación de los más pobres podría perdonarse. Pero los mercados no sólo no están cumpliendo lo que prometía, sino que está dando lugar a lo que no prometía: desigualdad, contaminación, desempleo y, lo que es más importante, la degradación de los valores hasta el extremo en que todo es aceptable y nadie se hace responsable.

Hoy en día el 1 por ciento de la población tiene lo que el 99 por ciento necesita. El 1 por ciento más alto dispone de las mejores casas, de la mejor educación, de los mejores médicos y del mejor estilo de vida, pero hay una cosa que aparentemente el dinero no les ha podido comprar: la constatación de que su destino está ligado a cómo vive el 99 por ciento restante. Se trata de una lección que, a lo largo de la historia, el 1 por ciento acaba aprendiendo. Sin embargo, a menudo, lo aprende demasiado tarde.